No tiene sentido alguno imaginar a Latinoamérica como una cultura distinta de la occidental. Ese punto hoy vuelve a ser importante. Los “dos mundos del nuevo mundo” comparten mucho más de lo que hoy su versión degradada permite ver.
Este año se cumplen tres décadas desde que Samuel Huntington publicara su célebre Choque de civilizaciones. Tres años antes había publicado un importante artículo que tenía ese mismo título, pero ahí entre signos de interrogación. “¿Choque de civilizaciones?” Lo que en 1993 se le aparecía como pregunta en 1996 era certeza: el mundo se encaminaba a un choque colosal, pero no en la forma usual de conflictos entre estados nacionales, sino como un choque entre grandes tradiciones culturales. Volverían a pesar las identidades culturales y religiosas, entre las que contaba la occidental, la latinoamericana, una ortodoxa y otra oriental, una islámica y otra subsahariana.
Esta, recordemos, era una década de optimismo galopante: acabada la Guerra Fría no habría sino expansión de la democracia y el mercado, y de la mano de ellos paz perpetua. En ese momento lo de Huntington parecía insólito e insultante. Al poco andar, sin embargo, quedaría de manifiesto que se trataba de un agudo observador del presente, parte del puñado de autores que ya entonces veía las grietas de un mundo que otros tenían por definitivamente pacificado. En ese plano, insistamos, su observación era aguda.
La gran pregunta, con todo, no es si había de venir un choque de civilizaciones, sino si acaso Huntington tenía razón en su manera de clasificarlas. Como salta a la vista, en esto su mirada era bastante más cuestionable: ya en el ensayo de 1993 clasificaba a Latinoamérica como una cultura distinta de la occidental, y en años siguientes insistiría en la tesis de que la inmigración latinoamericana creaba un Estados Unidos con “dos pueblos, dos culturas y dos idiomas”.
¿Se equivocaba? Eso estoy sugiriendo, claro está. Pero un ciudadano del Estados Unidos profundo que viera el Super Bowl –del que no ha entendido palabra alguna– podría decir que la tesis de Huntington más bien se ha visto confirmada. Si lo “latino” se resume en Bad Bunny y lo norteamericano encuentra su epítome en Trump, no hay modo de que estas culturas se encuentren. Es paradójico, porque en otro sentido cabría resaltar la secreta afinidad entre esos dos nombres: con sus respectivos espectáculos –uno musical y otro político– encarnan el sueño del “puedo tener lo que se me dé la gana”, y muestran a la vez la insondable vulgaridad a la que esa filosofía conduce. Tal vez no esté mal que hoy sean exhibidos juntos para todo público, para que así conozcamos las distintas formas que esa mentalidad puede adoptar.
Como fuere, la degradación paralela de la cultura latinoamericana y estadounidense solo puede conducir a su alienación y a un creciente resentimiento recíproco. A “dos pueblos” y “dos culturas”. Pero precisamente porque se trata de la degradación –una macdonaldización de lo latino–, y no de su sustancia, Huntington erraba en este punto. Erraba además en grande, digamos, pues no tiene sentido alguno imaginar a Latinoamérica como una cultura distinta de la occidental. Ese punto hoy vuelve a ser importante. Los “dos mundos del nuevo mundo” (Claudio Véliz) comparten mucho más de lo que hoy su versión degradada permite ver. Son dos creativas continuaciones de la herencia occidental que ambos hemisferios recibieron, cada una con singularidades de las que su contraparte puede aprender. Es eso lo que debiera mirar –y procurar rescatar– quien desde Latinoamérica tome en serio la gravedad de la crisis estadounidense. Si en lugar de eso se celebra a Bad Bunny como forma de “resistencia”, poco se ha entendido del momento en que estamos.



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