El fenómeno descrito remite a uno de los vacíos más sorprendentes de la nueva izquierda: su falta de un auténtico proyecto político, entendiendo por tal una hoja de ruta realista y eficaz para manejar el aparato estatal.

No es fortuito que el gobierno de Boric finalice con una crisis de índole geopolítica (porque en ese preciso plano se sitúa el desaguisado relativo al cable chino). Lo propio ocurre con la reveladora equidistancia que busca transmitir el mandatario saliente ante el bombardeo de Irán (como si Estados Unidos y la tiranía de los ayatolas fueran exactamente dos caras de la misma moneda). Todo esto confirma el talante de su administración, en distintos niveles.
En el más visible, se trata de la enésima ocasión en que su gobierno padece problemas en materia de relaciones internacionales. Uno de los rasgos singulares de su período ha sido la acumulación de tropiezos en ese campo, literalmente desde que asumió (ahí Boric culpó al rey Felipe por el atraso en la ceremonia de cambio de mando). “Discreción, criterio y prudencia no han sido la tónica”, denunció la Asociación de Diplomáticos de Carrera una vez difundida una de las célebres fotos del embajador Velasco. Y así, suma y sigue.
En rigor, ni la política exterior “turquesa” ni el prisma plurinacional que se reivindicaba en esos días de 2022 dieron los frutos añorados. De un modo inédito en el Chile posdictadura, la errática conducción de la Cancillería se convirtió en noticia permanente. Esto derivó en una singularidad adicional: la temprana salida de la exministra Urrejola, luego de una vergonzosa filtración de audios (por cierto, a estas alturas resulta tragicómico el entusiasta pronóstico de Urrejola sobre el supuesto liderazgo global de Boric).
El fenómeno descrito remite a uno de los vacíos más sorprendentes de la nueva izquierda: su falta de un auténtico proyecto político, entendiendo por tal una hoja de ruta realista y eficaz para manejar el aparato estatal. Al acercarse el cierre de este gobierno, y por tanto la hora del balance, es pertinente recordar esta paradoja. Boric, Jackson y Vallejo —así como los viejos tercios que les rindieron pleitesía— pusieron todas sus fichas retóricas y constitucionales en el Estado como motor de “las transformaciones” y, sin embargo, no sabían qué diablos hacer con dicho Estado ni en seguridad, ni en defensa ni en relaciones exteriores; sus funciones básicas.
Pero cabe un matiz. En el oficialismo sí existió una facción con claridad y determinación, tanto respecto de sus objetivos como de los medios que está dispuesta a emplear: el PC. Este partido jamás modificó su agenda, ni siquiera después del homicidio del exteniente Ojeda en tierras chilenas, orquestado por Diosdado Cabello. Al respaldarlo siempre y mantenerlo en posiciones estratégicas, el presidente Boric pareciera ser un peón del ajedrez comunista. Si había alguna duda, el bullado cable chino y su reacción ante el bombardeo de Irán la terminan de despejar.




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