El arraigo también es la condición que hace posible la atención, esa cualidad tan esquiva entre tanto estímulo permanente.
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Hace un par de meses, falleció mi abuela. Tenía 98 años. Vivió siempre en el mismo pueblo, rodeada en general de la misma gente. Nació en la misma casa en la que murió 98 años después. En esa casa se casó con mi abuelo hace más de 70 años, y ahí nació y creció mi papá. Es el mismo lugar donde pasé todos los veranos de mi infancia, y donde hoy mi hijo y mis sobrinos juegan con los juguetes que mi papá usaba de niño.
Mi abuela nunca quiso irse de su pueblo ni de su casa. Aunque los años pasaban y la vejez se iba haciendo cada vez más cuesta arriba, nunca renunció a quedarse en su lugar. A su funeral llegaron muchas personas del pueblo para despedirla. La conocían porque habían vivido ahí durante varias décadas, lo que inevitablemente había generado un vínculo fuerte entre ellos. Personas que habían heredado oficios de sus padres (zapateros, modistas, carniceros); vecinos que habitaban en las mismas casas cerca de mi abuela durante años; hijos o nietos de amigos de mis abuelos que, tal como ellos, se habían quedado viviendo en la casa de sus padres cuando estos habían fallecido; compañeros de liceo de mi papá que interactuaron con mis abuelos desde niños y que se quedaron en el pueblo.
Lazos intergeneracionales que no se extinguen con la muerte.
¿Por cuántos departamentos o casas he pasado yo a lo largo de mi vida? ¿10? ¿12? ¿Espero a alguno de los vecinos de esos departamentos en mi funeral? ¿Es posible que los jóvenes o adultos jóvenes del mundo actual aspiren a tener vidas comunitarias tan ricas?
Tampoco se trata de idealizar la vida de mis abuelos ni de ensalzar la tradición. Estos modos de vida también conllevan múltiples problemas. Quedarse toda la vida en el mismo pueblo también pesa: la mirada vigilante del vecino, los rencores que perduran durante tres generaciones, la sensación de que el destino estaba definido desde antes de nacer. No es un paraíso. Pero entre una vida asfixiante y una vida sin huellas hay un amplio margen que hoy casi nadie experimenta.
En el mundo actual, donde el éxito tiende a medirse por las historias publicables en redes sociales, quedarse en el mismo lugar puede parecer una derrota. Hay un imperativo, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, de viajar todo lo que se pueda en el menor tiempo posible. La vida se contabiliza en sellos de pasaportes, múltiples nacionalidades, stories de aeropuertos y mapas llenos de chinches. Arraigarse parece arcaico y conservador.
Quedarnos donde nacimos no es perder. Y nuestra resistencia a la eterna levedad que nos exige el mundo debiese partir de a poco, con pequeños gestos, como el de mirar. Pero mirar también pide tiempo y un lugar: hay cosas —el cambio lento en la cara de un vecino, la forma en que un nieto empieza a parecerse a su abuelo, el modo en que una casa envejece con sus habitantes— que solo se ven cuando uno se queda. El arraigo también es la condición que hace posible la atención, esa cualidad tan esquiva entre tanto estímulo permanente. Hace pocos días, la escritora argentina Samanta Schweblin decía que prestar atención es el gran superpoder de la humanidad hoy, porque ya no todos pueden hacerlo. Quizás porque casi nadie está dispuesto a quedarse el tiempo suficiente en el mismo lugar.



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