‘La otra guerra fría’, el libro de Ramón González Férriz, es sumamente ilustrativo a la hora de mostrar los distintos énfasis con los que se dio la guerra fría cultural

¿Qué tienen en común Sean Connery protagonizando una película de James Bond a principios de los años sesenta, un novelista ruso sacando un borrador de novela en secreto de la URSS pese a las sospechas de la inteligencia soviética o Louis Armstrong y su trompeta yendo de gira por el este de Europa? Aunque pareciera no haber mayor conexión entre estos episodios, Ramón González Férriz hilvana en La otra guerra fría estas y muchas otras anécdotas. Por medio de ellas relata de qué manera la CIA y la KGB montaron todo un aparataje institucional que, de manera subrepticia, indirecta y la mayor parte de las veces clandestina, promoviera expresiones culturales que intentaran defender la superioridad del capitalismo, por un lado, y del comunismo, por otro.
González Férriz, periodista español, autor de ágiles ensayos que intentan tomarle el pulso a la sociedad actual y a la historia reciente (cabe destacar entre ellos La trampa del optimismo), nos entrega un relato que conjuga sabrosas anécdotas con una sencilla descripción del campo político y cultural durante la segunda mitad del siglo XX. Su objetivo es mostrar de qué manera los bloques en cuestión disputaron “por las mentes y corazones”, haciendo del arte y la cultura una herramienta privilegiada para conquistar la hegemonía ante su adversario. De ahí que, en vez de batallones, tanques y aviones, esta historia esté poblada de pintores, novelistas, actores y músicos que, consciente o inconscientemente, sirvieron para defender una causa que los excedía con creces.
La historia comienza en la inmediata posguerra de 1945. Aunque Estados Unidos y la Unión Soviética habían sido aliados a la hora de derrotar al nazismo, sus profundas diferencias de visiones de mundo y proyectos políticos estuvieron siempre muy a la vista. Las tensiones entre ambos bandos no tardaron en aflorar una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial. En gran parte debido al enorme desgaste que significó el conflicto anterior, las dimensiones intelectuales y artísticas adquirieron una enorme relevancia en la nueva disputa que seguiría durante las próximas décadas. Tanto por la amenaza nuclear como por la necesidad de reconstruir una desolada Europa, ambas potencias evitaron enfrascarse —al menos en el hemisferio norte— en una conflagración armada. Eso no implicaba dejar de lado todas las estrategias posibles para adquirir poder, aunque aquí fuera el de los símbolos y las ideas el que concitara todos los esfuerzos.
El libro de González Férriz es sumamente ilustrativo a la hora de mostrar los distintos énfasis con los que se dio la guerra fría cultural. De algún modo, cuando los cuadros, libros, sinfonías, películas y espectáculos se convierten en herramientas de lucha, el enfrentamiento se vuelve omnipresente. Los cuadros de Mark Rothko y otros expresionistas abstractos, el ballet del Bolshoi, las innovaciones del jazz, las películas de vaqueros o espías con sus buenos y malos, las novelas del boom latinoamericano, los cortes de pelo, vestimentas y cigarrillos… todo era susceptible de ser interpretado como una defensa de uno u otro bando. Aunque se echan de menos en este volumen algunas discusiones más profundas en torno al modo en que conceptos como “paz”, “revolución” o “libertad” fueron parte de esta contienda ideológica y cultural —dimensión que sí está abordada en otros libros sobre el mismo tema, como los de Patrick Iber o Jean Franco—, el relato de La otra guerra fría prioriza la exposición de un relato ágil por sobre cualquier disquisición teórica o filosófica acerca de estos asuntos.




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