Opinión
Política con calculadora

Los parlamentarios no fueron elegidos para exigir concesiones a cambio de cumplir con su deber, sino para deliberar y legislar pensando en el bien común.


Política con calculadora

La discusión que se ha abierto la última semana en torno al acuerdo entre el gobierno y el Partido de la Gente (PDG) por el proyecto de ley de Reconstrucción Nacional dejó al desnudo una verdad incómoda sobre el actual Congreso. En efecto, el gobierno debió prometer tramitar en paralelo el proyecto de devolución del IVA para asegurar el respaldo de sus diputados, lo cual molestó al Partido Nacional Libertario por darle el “triunfo” a la tienda de Parisi. Lo que revela este episodio es que buena parte de los partidos —independientemente del color político— operan progresivamente bajo una lógica transaccional que poco tiene que ver con las convicciones que dicen profesar. Las dos bancadas que se encuentran disponibles para conversar acerca de la idea de legislar el ambicioso proyecto del gobierno parecen estarlo por las razones incorrectas, las cuales conviene examinar.

El caso del PDG es el más evidente. La colectividad fundada por Franco Parisi ha hecho de la transacción su modus operandi, poco menos que vendiéndose al mejor postor según convenga el momento; el mayor ejemplo fue su fallida operación con la izquierda para que Pamela Jiles presidiera la Cámara. La estrategia puede dar frutos puntuales, pero tarde o temprano les pesará la brecha entre su discurso —que apela al ciudadano común y a la lucha contra los privilegios— y una práctica clientelista cada vez más descarada. La demagogia tiene fecha de vencimiento, y la ciudadanía, aunque a veces tarde, suele advertirla.

El reproche al PNL es de otra naturaleza, pero también preocupante. Una frase de Johannes Kaiser la semana pasada sintetiza el problema con una franqueza que descolocó: "Al PDG ya le entregaron cosas, ahora nos van a tener que entregar a nosotros". La pregunta que cabe hacerle al timonel libertario al respecto es elemental: ¿por qué habría que entregarles "algo"? ¿Y qué es ese algo? ¿La promesa de protagonismo en un proyecto que comparten en lo sustantivo? Los parlamentarios no se deben a sus aspiraciones personales ni a las necesidades de posicionamiento de sus partidos; se deben a Chile y a quienes los eligieron. Más aún si se trata, después de todo, de un partido que es una escisión del Partido Republicano y fue su compañero de lista en las elecciones parlamentarias, razón por la cual la afinidad doctrinal genuina debiese bastar para apoyarlos en las iniciativas con las cuales coincide en lo elemental sin esperar algo a cambio. El estilo que distingue a Kaiser de Parisi en términos de franqueza y disposición a defender lo impopular (que le ha dado buenos resultados) parece perderse en esta jugada.

Lo que subyace a estas conductas es, en el fondo, una extendida incomprensión del rol del parlamentario. La labor de los representantes no se reduce a transformar las opiniones de la población en políticas públicas, sino que supone ponderar, mediar y dar respuestas integrales. Esa noción clásica de representación distingue al parlamentario del simple activista, y se distorsiona cuando el voto legislativo se concibe como mercancía de intercambio. De esa incomprensión deriva también la ansiedad por figuración que padecen actualmente tantos rostros políticos. Si el parlamentario no entiende que su tarea es deliberar y mediar —por definición lenta, paciente y muchas veces invisible— necesita compensarla con logros palpables e inmediatos, con iniciativas populares que se traduzcan en titulares y en réditos electorales. No fueron elegidos para exigir concesiones a cambio de cumplir con su deber, sino para deliberar y legislar pensando en el bien común.

Frente a este panorama, vale la pena destacar lo que debiese ser lo normal y, sin embargo, hoy aparece como excepción, e incluso se critica como fuego amigo. Parlamentarios de Chile Vamos (como Diego Schalper, por mencionar un caso) han mostrado durante otras iniciativas del gobierno una actitud distinta: presentar indicaciones, formular críticas constructivas o proponer ajustes para concitar mayor apoyo. Todo esto desde una lealtad de fondo con el gobierno y con la convicción de que los proyectos deben salir, pero salir bien. Ello muestra un trabajo a veces impopular pero especialmente necesario en la política de la era de la inmediatez. Lo paradojal es que el propio Kaiser, en sus últimas entrevistas radiales, ha defendido el proyecto a grandes rasgos —de manera más convincente incluso que los voceros oficiales del gobierno— y sus reparos apuntan a que ellos irían más allá en algunas medidas. No se explica entonces que su partido condicione su apoyo a la idea de legislar cuando bien podrían profundizar la senda del Ejecutivo mediante indicaciones.

Max Weber advirtió hace más de un siglo en "La política como vocación" acerca del riesgo al que está expuesto el político profesional cuando su afán de poder deja de estar al servicio de una causa. Cuando el parlamentario se vuelve un profesional del poder sin convicciones y seducido por la vanidad, sus éxitos, por sólidos que parezcan, quedan marcados por lo que Weber llamó la "maldición de la inanidad". Es exactamente esa maldición la que amenaza al PDG, cuyas victorias clientelistas se acumulan sin que hasta ahora exista detrás ninguna causa que las ordene; y la que amenaza al PNL si persiste en confundir la construcción de su identidad partidaria mediante una actitud transaccional. Quizás un proyecto de tal magnitud como el Plan de Reconstrucción es, en realidad, la mejor plataforma para que los partidos y parlamentarios se muestren como opciones serias para enfrentar los desafíos que el país exige. Pero eso requiere, justamente, cultivar la seriedad y no rendirse a la lógica transaccional.


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