La política siempre tiene algo de esto: hacerse cargo, una vez llegado al poder, de la distancia inevitable entre lo prometido y lo posible. Es lo que hace de ella no solo un espacio de agencia, sino también un ejercicio de permanente justificación
El discurso de José Antonio Kast el domingo 14 de diciembre fue comentado por su extensión y mesura. Atendiendo su historial de emplazamiento, así como los temores (más abstractos que fundados) de sus adversarios, parecía importante que el ganador de la presidencial subrayara cosas tan esenciales como la necesidad de acuerdos, el interés en formar un gobierno de unidad, o el respeto debido a los oponentes. Sin embargo, vale la pena detenerse en otras dimensiones de su discurso, quizás menos atractivas para las polémicas de moda, pero igual de relevantes de cara a lo que probablemente será su principal desafío: administrar las grandes expectativas que existen sobre la eficacia del denominado “gobierno de emergencia”. Migración, seguridad y crecimiento son materias tan difíciles de resolver como añoradas por la ciudadanía, y si el proyecto republicano construyó en torno a ellas su adhesión deberá desde ahora empezar a abordarlas. Fueron ellos quienes fijaron la vara con la que serán medidos a partir del 11 de marzo.
Es aquí entonces que reside la clave de lo expuesto por Kast el día en que ganó la elección: el mensaje que intenta dar a la ciudadanía frente a todo lo propuesto. La política siempre tiene algo de esto: hacerse cargo, una vez llegado al poder, de la distancia inevitable entre lo prometido y lo posible. Es lo que hace de ella no solo un espacio de agencia, sino también un ejercicio de permanente justificación. Pero vivimos tiempos en que ese esfuerzo parece más complicado que nunca, en parte porque la distancia entre lo que queremos y aquello que la realidad permite se ha convertido casi en un abismo. Es algo que cuesta advertir desde fuera, pero quienes mandan aprenden dolorosamente que enfrentamos problemas muy complejos, que las respuestas disponibles son lentas y que queda poca paciencia para aceptarlo. No porque las personas crean que las soluciones son fáciles, sino porque tienen la sensación de haber esperado demasiado. Es en ese horizonte que tendrá que moverse el próximo gobierno, el mismo donde la administración saliente fracasó rotundamente.
Kast lo sabe y por eso partió advirtiendo que no existen soluciones mágicas y que el 2026 será un año muy duro. No se trata solo del hecho evidente de que tendrá una parte de la izquierda dispuesta a volver a ocupar la calle, sino también de que Kast no podrá solucionar con rapidez ninguno de los graves problemas identificados en campaña. Tal vez eso explica que haya establecido una distinción a primera vista menor, y sin embargo fundamental: que son los cambios, y no los resultados, los que empezarán de inmediato. El nuevo presidente intenta de este modo generar un margen de espera, de tolerancia a la frustración: las cosas no se seguirán haciendo del mismo modo y se empujarán nuevas iniciativas, pero los efectos de ello solo podrán verse (si acaso) con el tiempo. La estrategia de Kast parece correcta, en la medida en que se muestra consciente del desafío que pesa sobre sus hombros; de la necesidad de administrar tan fuertes expectativas. Pero su eficacia tiene fecha de caducidad, pues solo funciona mientras subsiste el beneficio de la duda con el triunfador. Y eso dura muy poco. La pregunta entonces es cuál será la justificación siguiente; aquella que dé cuenta de las demoras, de la ausencia de resultados, de las inevitables renuncias, de lo impredecible que siempre se impone. La justificación que permita abrir un nuevo margen de espera cuando todo empiece a complicarse y la ciudadanía vuelva a su hastío característico. ¿Qué ofrecerá entonces el presidente? ¿Logrará generar ese espacio de tolerancia en el que nuestros representantes han fracasado sistemáticamente, demostrándole a la ciudadanía que vale la pena, que tiene sentido esperar? Tal vez en eso se juega también romper el péndulo que invade a nuestra política: en articular una política eficaz, pero también una que sea capaz de dar razón de sus actos.




.png&w=3840&q=75)



_4x3.jpg&w=3840&q=75)


.png&w=3840&q=75)
.jpg&w=3840&q=75)
