"Con su segundo mandato Bachelet dividió no sólo al país, sino también al mundo político y cultural que había gobernado Chile desde 1990".
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Como ya se intuía, la candidatura de Michelle Bachelet a la secretaría general de Naciones Unidas llegó a su fin. Más allá de sus credenciales —fue la primera mujer en portarse la piocha de O’Higgins, volvió al poder y ocupó lugares relevantes en la burocracia internacional—, el desenlace de esta aventura era previsible. Y no sólo por factores externos, sino también locales.
Por de pronto, los partidarios de la expresidenta nunca intentaron (¿o nunca quisieron?) dotar a esta empresa de un auténtico carácter transversal o de Estado. Baste recordar que un año atrás el entonces presidente Boric anunció su postulación de modo intempestivo en la Asamblea General de la ONU. Así, pese a que todos los sondeos de opinión auguraban —sin excepción alguna— que un opositor a Boric se impondría en las elecciones de 2025, las izquierdas ni siquiera hicieron el amague de socializar esta candidatura con los referentes del oficialismo actual.
Pero lo anterior, paradójicamente, es consistente con la trayectoria de Bachelet. La expresidenta fue no sólo la última mandataria de la Concertación, sino también la figura fundadora y estelar de la Nueva Mayoría, un experimento político de corta vida pero que significó la reivindicación de los denominados “autoflagelantes” y un anticipo del Frente Amplio en La Moneda. A diferencia de Aylwin, Frei y Lagos, ya no predominó el orgullo, sino la incomodidad por lo obrado; la apuesta ya no fueron la reforma ni ciertos consensos básicos, sino la lógica del “otro modelo”.
Nada de esto es trivial. Si hace 20 años, cuando Bachelet llegó al poder por primera vez, aún existía un conglomerado de centroizquierda en régimen, con su segundo mandato Bachelet dividió no sólo al país, sino también al mundo político y cultural que —con sus claroscuros— había gobernado Chile desde 1990. El corolario de este camino fue el respaldo de la exmandataria al “Apruebo” en el plebiscito constitucional de 2022 (nótese: una decisión distinta a Lagos, a Frei y a los discípulos y camaradas más destacados de Aylwin).
No recuerdo que Bachelet haya formulado alguna autocrítica al respecto. Tampoco que se haya retractado de su elogio de 2016 (¡siendo Presidenta de la República!) a Fidel Castro, a quien luego de su fallecimiento calificó como “un líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina”. Así, Bachelet admitía ante una de las peores dictaduras en la historia de la región todos los matices que hoy se niegan al examinar la “ultraderecha”; una retórica partisana que no separa la paja del trigo y que, sin embargo, la exmandataria también abrazó. ¿Buscaba su postulación ser funcional a esa retórica? ¿Y cómo podía, entonces, convertirse en una candidatura transversal y de Estado en el Chile actual?



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