En tiempos de realismo descarnado, los países pequeños no pueden darse lujos. La política exterior no es un homenaje ni una biografía, más bien es cálculo, prudencia y defensa del país propio en toda su complejidad.

Mientras el gobierno saliente y el entrante se debaten acerca de si Chile debiese o no apoyar la candidatura de Michelle Bachelet para la Secretaría General de la ONU, grandes cosas ocurren en el escenario internacional que confirman la ingenuidad de esta discusión en el sur del mundo. Hace pocos días, la Conferencia de Seguridad de Múnich volvió a exhibir con crudeza el abismo entre el realismo estratégico estadounidense y la perplejidad europea. Tras un año especialmente convulso en materia geopolítica, las potencias comienzan a sincerar posiciones. Y todo indica que la “acción” recién empieza.
El discurso del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio —más sobrio en las formas que el de J. D. Vance el año pasado, pero igualmente duro en el fondo— dejó en claro que para Washington la etapa de ambigüedades terminó. La competencia con China es estructural, no coyuntural; el apoyo a Ucrania frente a Rusia se enmarca en una lógica de poder y no solo de principios; y el compromiso transatlántico estará condicionado a responsabilidades compartidas. Las réplicas de varios líderes europeos oscilaron entre la reafirmación moral y la inquietud estratégica, revelando una brecha cada vez más visible. Mientras Estados Unidos habla el lenguaje del poder, Europa, “la cándida” –en palabras de Daniel Mansuy—, sigue entrampada en lógicas de administración de conflictos ya obsoletas.
En este contexto, cabe preguntarse: ¿qué debe hacer un país pequeño, históricamente adscrito al bloque occidental (uno en que Europa y América están unidos, por cierto), pero sin capacidad real de incidir en el diseño del orden global? La respuesta es obvia y difícil a la vez: actuar con sentido de Estado. Eso supone leer correctamente la correlación de fuerzas, evitar gestos prescindibles y no confundir política exterior con testimonialismo moral.
Durante el gobierno de Gabriel Boric se ensayó una diplomacia marcada por un progresismo declarativo —el mantra de “democracia siempre”— que terminó generando incoherencias y tensiones innecesarias con actores relevantes. En el nuevo ciclo, el presidente José Antonio Kast enfrentaba una disyuntiva clara para su Cancillería: optar por un “peso pesado” diplomático, realista y político, que marcara un giro respecto de la estrategia anterior; o bien privilegiar un perfil más técnico y empresarial, menos confrontacional, más “piola”. Eligió lo segundo. Es una decisión legítima, probablemente más meditada de lo que parece, orientada a reducir fricciones y concentrarse en la inserción económica.
Por eso mismo, resulta un contrasentido cargar al Estado con el salvavidas de plomo que implica una candidatura simbólica como la de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas. Lo curioso es que el tenor de los argumentos a favor y en contra es ridículamente provinciano. “Pónganse la camiseta por Chile”, dice el ministro Álvaro Elizalde, apelando al orgullo nacional y a la notoriedad internacional de la exmandataria. Desde la derecha se responde con críticas atendibles, pero igualmente domésticas, centradas en balances de política interna más que en el contexto global.
La verdad es más simple e incómoda: Bachelet no solo no tiene posibilidades reales en la competencia, sino que tampoco encarna el perfil que hoy buscan los actores centrales. La Secretaría General, en este momento histórico, requiere una figura capaz de moverse con destreza en un entorno de rivalidad abierta entre Washington y Pekín, con guerras activas y bloques en reconfiguración. No se trata de simbolismo, sino de gestión cruda del conflicto y defensa concreta de ideales. Tampoco es seguro que quien resulte elegido vaya a encarnar aquel ideal, sobre todo por el estado actual de la ONU y otros organismos internacionales, que fueron criticados por Rubio en su discurso en Múnich. Aunque, al menos, existe la voluntad tanto de Estados Unidos como de otras potencias de rehabilitar la labor de aquellas instancias.
En dicho contexto, el capital político internacional de Bachelet, aunque relevante en ciertos foros, no ha cristalizado en una coalición amplia y operativa que garantice apoyos decisivos. Por eso la discusión chilena suena tan ensimismada: no existe un gran legado internacional de sus gobiernos ni de su trayectoria personal cuya defensa convoque naturalmente a otros Estados. Lo que hay es, más bien, una disputa doméstica proyectada hacia afuera. La postura del Presidente electo frente a la candidatura ha sido crítica, sin embargo, ha evitado dar definiciones más categóricas antes del 11 de marzo. Aquello parece razonable, aunque, llegado el cambio de mando, está en sus manos no dotar el tema de mayor importancia de la que merece y comprarse así un problema interno.
En tiempos de realismo descarnado, los países pequeños no pueden darse lujos. La política exterior no es un homenaje ni una biografía, más bien es cálculo, prudencia y defensa del país propio en toda su complejidad. Convertir la eventual candidatura de Bachelet en una causa nacional dice más de nuestra dificultad para leer el mundo que de su viabilidad real.




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