Opinión
Tras el 8M

Si hubo una ventana de tiempo en que las convocatorias eran amplias y generosas, hoy se perciben como sectarias. Se reconoce en el papel que hay muchos feminismos, pero se le concede protagonismo exclusivo al de corte progresista. 

Tras el 8M

En medio de un nuevo aniversario del 8M, circulaban ayer nuevas cifras sobre la percepción del feminismo en el país. Según la última encuesta Criteria, apenas un 20% de la población se identificaría con el movimiento, y el restante 80% declara estar poco o nada identificado con él. El ocaso de un gobierno declaradamente feminista es buena ocasión para volver sobre tales cifras. Después de todo, en el papel pocos temas eran tan relevantes como éste, y a una década del #MeToo el viento de toda nuestra cultura parecía soplar a su favor. ¿Cómo leer entonces tales números? ¿Qué nos dicen del mundo político, intelectual y cultural que ha inspirado a este gobierno?

Lo primero es recordar que no se trata de que la ciudadanía haya olvidado en Chile la desigual condición en que se desenvuelven las mujeres o los obstáculos añadidos que muchas veces enfrentan en sus vidas y sus carreras. Un 41% sigue considerando al país muy machista (aunque también esa cifra ha bajado). Tampoco se trata de una singularidad chilena. Hace ya una década un célebre estudio de la Fawcett Society mostraba un masivo apoyo a la igualdad de género en Inglaterra, pero apenas un 9% de mujeres y un 4% de hombres se identificaban con el feminismo. Uno puede jugar con las palabras y asumir que todo el resto son feministas que no se han atrevido a salir del closet. Pero sabemos que sería autoengaño, que cualquier balance honesto exige reconocer que el feminismo enfrenta hoy una enorme crisis. Y esa crisis, tal vez vale la pena aclarar, no la ha causado la “ultraderecha”.

¿Cómo caracterizar esa crisis? Apenas cabe aquí enunciarlo, pero en una medida importante se trata de estrechez: si hubo una ventana de tiempo en que las convocatorias eran amplias y generosas, hoy se perciben como sectarias. Se reconoce en el papel que hay muchos feminismos, pero se le concede protagonismo exclusivo al de corte progresista. Eso, además, es bien revelador respecto de la retórica con que se plantea la futura oposición: declaran que serán constructivos, excepto cuando haya riesgo de “retrocesos”. En esa frase no hay conciencia de la incapacidad del lenguaje de “avances” y “retrocesos” para enmarcar de modo sano las disputas políticas y morales legítimas.

El feminismo puede haber sido una revolución pacífica y exitosa, pero transformado en instrumento de un sector político (y descaradamente silencioso cuando ese mismo sector es el que falla) no es raro que la identificación con él pase a ser minoritaria. En el plano intelectual es obvio que seguirá viva la disputa por la naturaleza y variedades del feminismo. Pero nuestra vida pública parece enormemente necesitada de un lenguaje más concreto y compartido para canalizar los intereses de las mujeres.

También te puede interesar:
Flecha izquierda
Flecha izquierda