Opinión
Oposición recalentada

Sostener la República no es tarea exclusiva del oficialismo; también es responsabilidad de la oposición. Las democracias pueden deteriorarse cuando quienes pierden elecciones deciden empujar el sistema hasta el límite, como ocurrió en octubre de 2019.


Oposición recalentada

Las señales ofrecidas en los primeros días del nuevo gobierno hacen pensar que tendremos una oposición hostil: el fallido pacto en la Cámara para entregarle la presidencia a Pamela Jiles fue una primera señal reveladora. Con tal de no conceder nada a la administración entrante, estuvieron dispuestos a pararse detrás de una dirigente que no solo los criticó fuertemente los últimos cuatro años, sino que forma parte (y ella misma encarna) una fuerza en la que sencillamente no conviene confiar. No augura nada bueno la negociación con quienes parecen buscar simplemente venderse al mejor postor. Pero la oposición de izquierdas prefirió esa alianza inestable, pero suficientemente útil para tensionar al oficialismo en su agenda parlamentaria. Solo la cordura de dos parlamentarios (y por lo visto, la acción eficaz del oficialismo en el Congreso) nos salvó.

Algo de tranquilidad da pensar que los chilenos –incluidos los dos díscolos en la Cámara– advirtieron que esa forma de ser oposición desde el día uno está mal. Lo más ilustrativo al respecto es notar cómo ha envejecido la figura del expresidente Piñera: si su gobierno ya era crecientemente valorado conforme avanzaba la errática administración Boric, con su trágica muerte quedó grabado ante la ciudadanía como un verdadero líder en tiempos convulsos. Los datos de la encuesta Cadem de la primera semana de marzo son elocuentes: sus dos gobiernos aparecen como los más valorados desde la vuelta a la democracia; el de Boric, el peor.

Volvamos un poco a ese período: la oposición de izquierda le hizo la vida imposible al entonces Presidente Piñera, a quien le tocó gobernar en condiciones particularmente adversas. No solo se produjo la crisis más grave desde el retorno a la democracia durante su mandato, sino que en ese mismo contexto lo trataron en el parlamento y en la calle de dictador y violador sistemático de derechos humanos. Avanzaron así acusaciones constitucionales, negaron su apoyo en instancias de diálogo ofrecidas por el gobierno y se sumaron a las peores versiones de la revuelta callejera.

Sin embargo, la ciudadanía parece haber tomado una profunda distancia de esa performance, y los epítetos usados (ayer y hoy) de fascista y ultraderecha se ven agotados, sin eficacia. Tal vez eso explica que la actual oposición política y cultural, regresando al lugar de entonces, se note tan perdida, cayendo en críticas de bajo calibre y particularmente mezquinas: que la primera dama sirvió almuerzos en La Moneda sin guantes ni gorra, que llegar temprano y peinados parece propio de una “ideología pinochetista”, y así. Mientras tanto, casi sin excepción han guardado silencio frente a los disturbios en Plaza Baquedano el 11 de marzo, en los que incluso atacaron a piedrazos al auto de un subsecretario. Y la indignación que pareció acompañar a algunos miembros de la izquierda al saberse la noticia del presunto ataque al exconvencional Rojas Vade duró hasta que comenzaron a descartarse los móviles políticos detrás del hecho. Solo importaba si era la ultraderecha la que estaba detrás; como Julia Chuñil, Rojas Vade no les interesaba en absoluto.

Nada de esto pretende desconocer la necesidad y valor de la eventual crítica al actual gobierno. Siempre habrá flancos en los cuales detenerse y es tarea de la oposición estar atenta a ellos. No se trata de pedirle complacencia ni asentimiento ciego, pero sí un mínimo de amistad cívica, o bien, de esa lealtad republicana que escaseó tan severamente hace cinco años.

Conviene recordar dos verdades que no se excluyen. La primera es que sostener la República no es tarea exclusiva del oficialismo; también es responsabilidad de la oposición. Las democracias pueden deteriorarse cuando quienes pierden elecciones deciden empujar el sistema hasta el límite, como ocurrió en octubre de 2019, cuya resaca terminó por darle varias derrotas a la misma izquierda. La segunda es que existe una asimetría inevitable, pues gobernar supone ejercer el control del aparato estatal, y esa es una responsabilidad mayor. Por lo mismo, siempre será el gobierno de turno el primer interpelado y el más duramente evaluado. En ese sentido, el nuevo oficialismo debe mantener simultáneamente dos actitudes que parecen contradictorias. Por un lado, no puede ser ingenuo respecto de la oposición que enfrenta ni olvidar los incentivos que la mueven. Por otro, tampoco puede caer en la tentación del empate permanente, que arriesga reducirlo a un mero espejo de su adversario.

Gobernar implica algo más exigente: ser el interlocutor sensato incluso frente a una oposición áspera, recordar que se gobierna para todos los chilenos —también para quienes votaron en contra— y sostener las instituciones incluso cuando otros parecen dispuestos a debilitarlas. Lograr ese equilibrio no es fácil, pero en eso consiste portar la piocha de O’Higgins.

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