Opinión
La ola derechista latinoamericana

Las derechas, ante el buen momento electoral, no deben perder de vista los desafíos encomendados por sus pueblos que, hastiados de las izquierdas refundacionales latinoamericanas, les otorgaron su confianza.


La ola derechista latinoamericana

Por un estrecho margen de aproximadamente 250 mil votos, el candidato derechista Abelardo de la Espriella se impuso en el balotaje de este domingo, que selló la presidencia de Colombia por los próximos cuatro años. Como es usual, las redes sociales y medios de comunicación se llenaron fundamentalmente de dos tipos de reacciones: por un lado, la escandalera ante lo que sería un nuevo avance de la ultraderecha en el continente, y, por el otro, el entusiasmo que despierta en varios el advenimiento de una nueva era de libertad para Latinoamérica, ya cansada de los fracasos de la izquierda. Ninguno de estos planteamientos es nuevo, y ambos requieren algunas precisiones.

Sobre la amenaza de la ultraderecha, hace años es usual que la reacción de las izquierdas ante sus derrotas sea la perplejidad e incapacidad de autocrítica frente al fenómeno del surgimiento de las nuevas derechas y su éxito electoral. Ello les impide advertir las razones detrás de sus triunfos: el hecho de que, en general, las grandes masas populares se sienten abandonadas por la izquierda, y que, por otro lado, las nuevas derechas han logrado representar mejor sus demandas. Tanto en la academia como en el debate público tildan de «ultra» a todo liderazgo contrario a sus ideas, y, con ello, deslegitiman a priori a dichas opciones políticas.

Según analiza un documento recientemente publicado por el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), las críticas hacia la ultraderecha tienden a agrupar bajo una misma etiqueta a líderes que responden a fenómenos disímiles y que, por lo tanto, presentan características igualmente diversas; algunos de ellos problemáticos, razón por la cual es necesario comprenderlas adecuadamente. Esta etiqueta ha provenido principalmente de una extendida escuela de la politología contemporánea, bien representada por el neerlandés Cas Mudde, y cuyos planteamientos han sido adoptados en Chile por instancias como el UltraLab. Este enfoque ha caracterizado a la ultraderecha con categorías vagas e indeterminadas —que luego se instrumentalizan a conveniencia—, defectos que se evidencian sobre todo en su aplicación a América Latina, donde la inquietud por el destino de la democracia debiera haber exigido partir por el estudio de las ultraizquierdas. Son las izquierdas antidemocráticas las que han estado en la palestra de la última década, desde el chavismo en Venezuela, hasta el MAS en Bolivia. En el caso de Colombia, el incumbente Petro gobernó en permanente tensión con los demás poderes del Estado, pero hoy las alertas se levantan con el candidato ganador, como si los riesgos recién estuvieran comenzando.

Pero el triunfalismo de quienes auguran con el resultado colombiano un aparente giro de la región hacia la derecha merece ser también matizado. Para empezar, debe recordarse que, entre 2017 y 2018 ocurrió también una ola de triunfos de las derechas tradicionales que generó un exceso de confianza, pero que no pudo consolidarse. Más bien, dio paso a una contraola desde las izquierdas que, en Chile, cristalizó con el estallido social y la llegada de Gabriel Boric a la Moneda. Ahora podríamos estar en un escenario igualmente inestable, lo que debiera conducir a la cautela en los análisis. El supuesto giro que advertimos hoy no responde necesariamente a que los pueblos latinoamericanos se hayan «convertido» a las ideas de derecha ni que se identifiquen con su historia. Más bien, se trata de una confianza circunstancial, entregada, como prueba el caso chileno, a quienes han mostrado mayor capacidad de hacerse cargo de las distintas «emergencias» –como elocuentemente formuló José Antonio Kast– presentes en cada país; sean estas la inmigración, el crimen organizado, la economía o la corrupción (así cada líder dibuja su propio estilo y énfasis). Por lo mismo, el giro derechista no permite anticipar nada parecido a un apoyo fiel y permanente en el tiempo, sino que se sostiene en la medida que se enfrenten las emergencias denunciadas. La popularidad puede derrumbarse muy rápidamente en los casos en que se ha llegado al poder con promesas grandilocuentes y generando expectativas desmedidas.

Dentro del variopinto elenco de líderes derechistas que han gobernado durante esta década no todos han tenido éxito y varios han dado motivos fundados para ser vinculados con la categoría «ultra» –Jair Bolsonaro fue condenado por sus acciones golpistas, y Nayib Bukele ha vulnerado sistemáticamente las garantías constitucionales en su país– lo cual plantea desafíos para aquellos que no quieren ser tildados con la misma etiqueta. El mismo José Antonio Kast no ha esbozado nada parecido a un liderazgo ultra en su gobierno, pero en la escena internacional ha mostrado en el pasado cercanía a esos controvertidos líderes. Por su parte, De la Espriella se declara un admirador de Trump y cuenta con un cuestionable historial profesional como abogado, por lo que no sería sensato que la derecha chilena lo mire como modelo.

En síntesis, las derechas, ante el buen momento electoral, no deben perder de vista los desafíos encomendados por sus pueblos que, hastiados de las izquierdas refundacionales latinoamericanas, les otorgaron su confianza. Ahora deben estar a la altura de lo que las emergencias exigen sin jugar al límite con la democracia como lo han hecho varios de sus adversarios –aunque también algunos aliados–. Solo así los triunfos de su opción política serán sostenibles, demostrando ante su ciudadanía que su aspiración no era el mero poder, sino superar los estragos que la aquejan hace muchas décadas.


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