Opinión
La música de Johannes

''En el fondo, Kaiser ha lanzado una advertencia: si no proponen algo más sofisticado, si no se empeñan un poco más, no tendremos escrúpulos en pasar por caja. Que nadie diga que no les avisaron''.

La música de Johannes

“Nosotros ponemos la música”. La frase fue pronunciada por el excandidato presidencial Johannes Kaiser, y remite a la capacidad de su partido —el Nacional Libertario— por influir en la agenda. Aunque la afirmación resulta algo exagerada, o presuntuosa, revela un problema que el oficialismo debería tomarse muy en serio. En efecto, la colectividad de Kaiser ejerce una presión tan fuerte sobre el Partido Republicano que lo hace ver gravemente desorientado. O, peor, bailando un ritmo que ponen otros.

La cuestión puede resumirse como sigue. La decisión del PNL en orden a restarse del Gobierno fue una señal fuerte de autonomía: nos quedamos sin cargos, pues preferimos conservar la más amplia libertad de palabra. La elección tuvo sus costos, pero abrió una oportunidad que ha sido explotada con habilidad. Aquí reside el talento de Kaiser: desde un principio captó bien que los hábitos de los diputados republicanos volverían improbable el giro hacia la responsabilidad que implica ser oficialista. En efecto, ser parte de un gobierno supone disciplina: hay que estar dispuesto a tragar sapos. Si alguien no quiere, pues bien, la puerta es ancha. Tal es la regla elemental del ejercicio del poder. Dado que el mundo republicano pasó mucho tiempo en el registro de la impugnación y la denuncia facilona —metáforas incluidas—, muchos de sus parlamentarios aún no se enteran de que ganaron una elección presidencial. Allí entra Kaiser a jugar sus cartas. Ustedes, que eran tan buenos para vociferar, ¿acaso no prometieron un indulto amplio? ¿No eran contrarios al aborto? Estas preguntas incomodan al partido del mandatario, que apenas esboza respuestas. Kaiser toca la tecla adecuada: los conoce a la perfección.

Desde luego, el problema no remite solo a las cúpulas parlamentarias. En una política agitada al ritmo de las redes sociales, el objetivo central que todos persiguen es conectar con la ciudadanía o, más precisamente, con los nichos electorales. Así como el partido de Kast le compitió fieramente el espacio a la UDI, ahora los libertarios se dan un banquete con los republicanos. El dilema es cruel. Si se toma distancia de las propuestas más duras, se pierde el contacto con la base, a sabiendas de que el gran trauma del sector es el desfonde de Sebastián Piñera por la derecha. Sin embargo, seguirle el juego a Kaiser implica volver aún más frágil el ensamblaje político del Gobierno. Nadie dijo que esto sería fácil.

¿Qué hacer, entonces? La respuesta no es sencilla, porque incluso quienes valoramos la sobriedad estamos obligados a conceder que los incentivos van en otra dirección. No se trata, por tanto, de hacer una reivindicación vacía de la moderación, sino de pensar las condiciones para que esa actitud tenga viabilidad política. Y, en este punto, al Gobierno —mandatario incluido— le falta un esfuerzo más explícito y robusto de pedagogía. Este esfuerzo debe tener al menos dos momentos. El primero consiste en explicarle a la ciudadanía las dificultades que entraña gobernar: no hay otro modo de preservar la identidad desde el poder. El segundo momento pasa por ofrecer un horizonte de sentido que permita contrapesar la música de Kaiser. Si esa música parece tan fuerte, es porque hay demasiado silencio. En este sentido, debe decirse que el concepto de emergencia se transformó en una trampa mortal, porque ha impedido avanzar en esta dirección.

Se trata de una tarea propiamente política y, por lo mismo, es posible que la omnipresencia del ministro Quiroz represente un obstáculo. Me explico: un gobierno no solo debe tener un ministro de Hacienda competente, y que saque adelante sus proyectos. Esa dimensión debe tener un correlato explícitamente político, capaz de dotar la acción de un marco narrativo. Por mencionar un ejemplo, sería extraño eternizar la subrogancia en la vocería, como si esa pieza fuera irrelevante. Dado que el Gobierno tiene poco de todo esto, al partido de Kaiser le basta un pequeño gesto —a veces, una palabra— para desordenar la escena. Esto se vuelve aún más apremiante si recordamos que la megarreforma ya está completando su ciclo, y se abre entonces la pregunta por la agenda del Gobierno en los próximos meses. ¿Cuáles serán las prioridades, los proyectos de ley y los ministros que tomen ese relevo? ¿Hay algún diseño para lo que viene, que incluya la apuesta de Kaiser?

El Gobierno está en una posición expectante. En sus primeros meses ha tenido de dulce y agraz, pero no cabe duda de que la ley miscelánea sirvió para ordenar a las bancadas, fijar una prioridad —la económica— y anotarse lo que parece ser un triunfo legislativo. Sin embargo, su posición sigue siendo precaria: no tiene mayoría en la Cámara, el apoyo ciudadano es muy volátil y no se observa voluntad de fundar una coalición de gobierno. Si la actual administración no quiere bailar la música de Johannes Kaiser, debe empezar a ensayar su propia melodía, con sus ritmos, sus tiempos y su propio coro. En el fondo, Kaiser ha lanzado una advertencia: si no proponen algo más sofisticado, si no se empeñan un poco más, no tendremos escrúpulos en pasar por caja. Que nadie diga que no les avisaron.

También te puede interesar:
Flecha izquierda
Flecha izquierda