Opinión
Yale Report, 1828-2026

"Las materias que incluya un programa con esos fines, señalaba, son “aquellas que mejor enseñen el arte de fijar la atención. Se trata de palabras llamativas si pensamos en la hoy ampliamente diagnosticada crisis de atención. Y según el Yale Report, ese arte de fijar la atención debía guiar no solo las materias a enseñar, sino también el modo de transmitirlas. Afirmaciones como esa no solo no han perdido vigencia, sino que incluso la han ganado.

Vale la pena notar, finalmente, cómo los autores del informe se defienden de la acusación de inmovilismo. “”

Yale Report, 1828-2026

Pocas semanas atrás, los resultados de la prueba PISA hacían sonar la alarma en buena parte del mundo. La preocupación obviamente no es nueva. Tampoco va a desaparecer en el mediano plazo. Después de todo, las causas que concurren para minar el aprendizaje son todas fenómenos de larga duración. Así ocurre con la pérdida de estructuras familiares que apoyen el estudio, así pasa con los géneros de vida que prometen éxito por vías alternativas a la educación, y así también con las distintas ramificaciones de la revolución tecnológica.

Tampoco es nuevo, por cierto, el intento por enfrentar el desastre educativo con un “salto hacia adelante” (aunque hoy la tentación sea especialmente fuerte). La idea de que todo el saber ya está disponible, por ejemplo, y que por tanto la educación formal se vuelve superflua, no nació con la inteligencia artificial: en Europa se encontraba ya en tiempos de la enciclopedia. En Estados Unidos, en tanto, la crítica de la educación tradicional emergería unas dos generaciones tras la Independencia. Como ahora, la imagen de un mundo en constante cambio se esgrimía como argumento contra una educación que parecía no cambiar.

Un famoso informe, el Yale Report de 1828, constituye la más célebre respuesta a esos discursos. Aunque el documento tiene por objeto defender la enseñanza de las lenguas clásicas, lo que primero ofrece es una defensa general del sistema entero en que ellas se insertaban y de las ambiciones que lo guiaban. ¿Qué buscaba ese sistema? En palabras del informe, se trataba de dar “disciplina y mobiliario a la mente”. Disciplinar y amoblar las cabezas.

Las materias que incluya un programa con esos fines, señalaba, son “aquellas que mejor enseñen el arte de fijar la atención”. Se trata de palabras llamativas si pensamos en la hoy ampliamente diagnosticada crisis de atención. Y según el Yale Report, ese arte de fijar la atención debía guiar no solo las materias a enseñar, sino también el modo de transmitirlas. Afirmaciones como esa no solo no han perdido vigencia, sino que incluso la han ganado.

Vale la pena notar, finalmente, cómo los autores del informe se defienden de la acusación de inmovilismo. “Con sorpresa no pequeña escuchamos la sugerencia de que tenemos nuestro sistema por inalterable”, escriben. Se trata de una caricatura que se levanta una y otra vez contra la educación “tradicional”. Pero incluso si ese riesgo de inmovilismo a veces es real, el futurismo que opera como alternativa –se trate de la fe en el “efecto pares” o de la última tecnología de innovación docente– resulta harto más vacío. En educación necesitamos un sano reformismo que ponga al centro el más básico amoblado de las mentes. En eso los de Yale tenían razón.

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