El dato más elemental, desde luego, es que una gran inteligencia no es garantía de un sano juicio ético y político
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Cuando la revolución islámica daba sus primeros pasos, un entusiasta Michel Foucault publicó una serie de artículos apoyándola. “En Teherán (y en todo Irán) vimos la aparición de la voluntad colectiva de un pueblo. Entonces hay que aclamarla, algo así no sucede todos los días”, diría en una de sus entrevistas. Irrumpía una espiritualización de la política, y no había nada que temer –tampoco por lo que respecta a las mujeres– de parte del régimen que se instalaba.
Ahora que ese régimen tambalea, bien vale la pena volver sobre ese tipo de reacción. Después de todo, durante el último siglo se trata de un problema recurrente entre los intelectuales: la tendencia a cegarse ante todo tipo de proyectos que luego se revelan como atroces. Ahí está el conocido caso de Heidegger y el nazismo. A decir verdad, sin embargo, se ha tratado de un fenómeno mucho más presente en la izquierda. Cuando los crímenes del estalinismo ya eran ampliamente conocidos, un Sartre (que luego también apoyaría al ayatola) podía mantener incólume su lealtad. Otro tanto podría decirse de Chomsky y su negación del genocidio en Camboya, donde el Khmer Rouge acabó con un cuarto de la población del país. ¿Qué está tras esta colosal capitulación de algunos intelectuales y de tantos de sus seguidores?
El dato más elemental, desde luego, es que una gran inteligencia no es garantía de un sano juicio ético y político. Pero aquí no es solo que no coincidan, sino que ciertos puntos de partida terminan de modo invariable en un juicio pervertido. Si no se tiene más punto de orientación que ser antiimperialista (o, más bien, opositor de un imperialismo en particular), no es raro que se acabe abrazando cualquier causa que se alinee con ese norte. Pero también se mezcla algo más: la idea de que pueda irrumpir en la historia algo extraordinario, una transformación radical por la que bien vale la pena sacrificar miles de vidas. Algo así “no sucede todos los días”, pero cuando ocurre hay que “aclamarlo”.
No se puede dejar de notar cómo esta mentalidad sigue pesando décadas después, también en nuestro contexto. Aparece en los posicionamientos geopolíticos e incluso a la hora de evaluar controvertidos casos judiciales. Simplemente se abraza causas y se trata a las personas y sus historias según como calzan con esas causas. En esa política de grandes abstracciones se puede juzgar de modo rápido y fácil (como lo hemos visto, por ejemplo, con Julia Chuñil). No suele pasar mucho tiempo antes de que ese juicio fácil acabe chocando con la realidad y dejando expuesto al que así juzgó. Dado el punto de partida, sin embargo, eso no suele conducir a disculpas o revisiones. No ocurrió con Foucault, no suele ocurrir con sus lectores de segunda mano.




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