Opinión
Entre Boric y Piñera

Mientras los gobiernos de Sebastián Piñera reconstruían casas, rescataban mineros y conseguían vacunas en tiempo récord, la presidencia de Gabriel Boric ha demostrado -una y otra vez- un amateurismo preocupante en las más diversas áreas de la gestión del Estado.


Entre Boric y Piñera

El primer aniversario de la trágica muerte del ex Presidente Sebastián Piñera permite hacer balances tanto de su legado como del trabajo del actual gobierno. De hecho, la creciente valoración ciudadana de la figura del fallecido Mandatario está vinculada, por contraste, al desempeño oficialista. Hay determinados aspectos positivos de las administraciones de Piñera que escasean dramáticamente en el gobierno actual. A pesar de los errores y problemas durante ambos gobiernos del ex Presidente -que van desde la ausencia de relatos y proyectos políticos de largo plazo hasta la escasez de liderazgos de talante presidencial en el sector (no hay mucho más que Evelyn Matthei)-, la comparación entre la administración del Presidente Gabriel Boric y las del ex Presidente Piñera deja en muy buen pie a estas últimas.

Mientras los gobiernos de Sebastián Piñera reconstruían casas, rescataban mineros y conseguían vacunas en tiempo récord, la presidencia de Gabriel Boric ha demostrado -una y otra vez- un amateurismo preocupante en las más diversas áreas de la gestión del Estado.

Los graves problemas en la salud pública, la pobre reconstrucción después de los incendios -explicaciones incomprensibles mediante- y el deficiente manejo en materias de educación son solo algunos ejemplos. A esto habría que sumarle, además, otros problemas que oscurecen el panorama, como los indultos, el caso Convenios y el reciente desaguisado con la casa de Allende. Esta performance contrasta no sólo con Piñera, sino que con los propios discursos de quienes nos gobiernan, que por años enfatizaron la construcción de estados fuertes y robustos, con países nórdicos como meta, presentándose como los estandartes de la calidad y la superioridad moral. Sin embargo, como el mismo Presidente Boric señaló alguna vez: otra cosa es con guitarra.

No se trata de idealizar a Sebastián Piñera, riesgo que corren algunos de sus antiguos colaboradores. Las administraciones a su cargo no fueron perfectas ni mucho menos. Sus gobiernos padecieron errores comunicacionales, gabinetes equivocados, ministros mandando a comprar flores o madrugar, diagnósticos por momentos alejados de la realidad y graves dificultades para establecer prioridades. El asunto es que el gobierno actual ha sido tan deficiente en tantas cosas que la obra de Piñera -con sus claroscuros- brilla con luz propia.

Los contrastes no se dan solamente en el plano de la gestión, sino también en la actitud que han tenido frente a la democracia. No se trata de negar los vacíos de Sebastián Piñera, que para el estallido social fueron muy evidentes, pero sí de subrayar cómo, en medio de tales circunstancias, mostró convicciones robustas.

La muestra más clara es no haber sacado a los militares a la calle aquel aciago 12 de noviembre (a menudo olvidado frente a la seducción del Acuerdo del 15 de noviembre). La izquierda, en cambio, tuvo una triste performance. Hagamos sólo un pequeño inventario. Acusaron constitucionalmente a Piñera dos veces; afirmaron que se imponía una salida constitucional por la vía de los hechos; tuvieron serias dificultades para condenar la violencia, alimentando la tragedia en las calles; impusieron un parlamentarismo de facto. Todo esto como un intento de debilitar al gobierno y sacarlo del poder. Luego de eso vino la Convención Constitucional, que ofreció al país un proyecto que refundaba las instituciones políticas y ponía todos los incentivos en su lugar para la aparición de una dictadura legal no muy distinta a la de otros países de la región.

Los intentos refundacionales de la izquierda que gobierna -iniciados en el estallido y materializados durante la Convención- terminaron el 4 de septiembre del 2022 con el triunfo del rechazo. El gobierno había ligado su destino al del texto constitucional, dejando su programa en pausa a la espera de la aprobación de la nueva Carta Fundamental. Después de la derrota, y a su pesar, el oficialismo tuvo que aceptar que para dejar algún legado tendría que ceder y generar acuerdos con la oposición.

Entre Boric y Piñera hay un abismo de diferencias. La gran mayoría de ellas muestran que el actual gobierno ha sido mucho más deficiente que los de Sebastián Piñera en muchas dimensiones. Y, quizás, también más que cualquier otro desde la vuelta a la democracia. Esperemos que el futuro sea mejor. Seguimos.

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