No cabe duda de que Álvarez es dueño de una pluma a la que vale la pena seguir la pista. Lo confirma "Realismo"

En siete relatos muy bien construidos, Realismo (Laurel, 2026) muestra sin estridencias y con tramas entrañables —y con su justa dosis de drama y tragedia— por qué Ignacio Álvarez es uno de los narradores más sugerentes del actual campo literario nacional. Por su último libro deambulan personajes de muy distinto tipo: dos amigos de infancia que se reencuentran después de veinte años y que conversan, más que sobre sus vidas, sobre el fanatismo por los portaminas; un adolescente adicto a El señor de los anillos que causa un enorme revuelo tolkeniano en su colegio; un viejo centenario que espera que le llegue la muerte luego de perder a su hijo, o un catálogo de escritores sin obra que se encaminan al cultivo de un ego algo enfermizo. En este catálogo de anécdotas aparentemente sencillas se esconde una aguda reflexión sobre el paso del tiempo, la naturaleza de los vínculos familiares, las ambiciones creativas y la madurez.
La prosa de Álvarez es siempre llana, elegante sin perder la sencillez, y da cuenta de una aguda capacidad de observación de las relaciones humanas y las tensiones que se establecen alrededor de ellas. Sus narradores suelen ser hombres adultos con afinidad —o al menos sensibilidad— a la literatura, la escritura y el lenguaje. Ello no quita variedad a estas historias, pues el centro no está en la experimentación formal (valga como referencia el título de la obra), sino en ensayar personajes y tramas que nos permitan asomarnos a las tensiones propias de lo humano. A ratos, además, aparecen con gracia personajes excéntricos y estrafalarios como Jorge Pérez, erudito y coleccionista de fotocopias de libros únicos; Gonzalo Gajardo, proyecto de escritor que vuelve del exilio lleno de rabia y comedido en sus palabras, o el Choclo, un escolar mediocre visto de reojo que se salvó de su depresión por la lectura de la saga de Tolkien.
La frescura que otorgan esos personajes secundarios está, además, acompañada de una disposición a siempre reírse de sí mismo. Si el narrador de “El señor de los portaminas”, por ejemplo, pensaba con solemnidad que “la verdad de una persona (...) sea más o menos la huella que uno ha dejado en quienes lo rodean”, al poco andar se da cuenta de una cuestión mucho menos profunda: que la verdad parece estar, más bien, en los videos de Youtube que cada uno de nosotros ha visto a lo largo de su vida. Así, atravesados por un sutil desencanto y sin miedo por afrontar el fracaso, los personajes más logrados del volumen son aquellos que están dispuestos a reflexionar sobre sí mismos de un modo que no excluya un humor ácido y, al mismo tiempo, conmiserado.
El mejor cuento de este conjunto es “Andamios”. Este relato nos muestra los requiebros de Miguel, un escritor que quiere volver sobre el realismo decimonónico para retratar el mundo de los obreros de la construcción durante la Unidad Popular. Se toma muy en serio su tarea y, en un rapto de entusiasmo etnográfico, ejerce durante un tiempo aquel oficio para conocer de primera fuente los trucos, los nombres de las herramientas, giros idiomáticos y prácticas vitales de aquellos hombres. Su proyecto se ve truncado por el exilio, y no es sino su hijo, también escritor, quien varias décadas más tarde lo estimula para llevar a buen puerto su novela. Mientras Miguel, el padre, opta por ese anticuado realismo que se describe como un accidente en la historia del arte, su hijo Sebastián retrata América Latina desde el tan mentado realismo mágico con el que García Márquez, Isabel Allende o Luis Sepúlveda se convirtieron en productos de exportación universales. Esa estética envuelve a Sebastián en un éxito comercial arrollador, pero no lleva aparejada la satisfacción de estar haciendo florecer el proyecto artístico que anhelaba. Esa sensación, aumentada por una entrevista en que el hijo es ridiculizado por un académico poco generoso, hace que padre e hijo se encuentren alrededor del fracaso, empatizando alrededor de sus experiencias donde no todo parecía haber salido tan bien.
En 2024, Ignacio Álvarez, reputado académico de la Universidad de Chile especialista en Manuel Rojas, debutó en la ficción con El último neógrafo, una extraordinaria novela de tinte anarquista ambientada en Valparaíso, que era también una reflexión sobre el lenguaje, el silencio y la comunicación. Puede que este nuevo volumen no llegue, en su conjunto, a las alturas de su libro anterior, pues pareciera que su autor es más hábil a la hora de sostener tramas de largo aliento que no se juegan todo en la intensidad del relato breve. Sin embargo, no cabe duda de que Álvarez es dueño de una pluma a la que vale la pena seguir la pista. Lo confirma Realismo, un libro que es, con su afán por imaginar personajes, tramas y conflictos, digno de celebrar.